La Inscripción de Behistum (Irán)

La denominada inscripción de Behistum se halla próxima a la aldea iraní del mismo nombre, cerca de Kermanshah y en la vía natural que tradicionalmente comunicaba Hamadán con Babilonia.

Se trata de un monumento de 50 metros de largo y 30 de ancho, esculpido sobre la ladera de un acantilado y a más de 50 metros de altura sobre el fondo del valle, lo que lo hace casi inaccesible.

 
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En esta inscripción, Darío I aparece representado en un bajorrelieve con el pie derecho sobre el mago Gaumata, y ante el soberano figuran atados quienes se rebelaron contra él.

A los lados y debajo de la escena se hallan inscritas catorce columnas de texto redactado en escritura cuneiforme que en tres lenguas: persa antiguo, acadio y elamita. El texto explica el ascenso de Darío al trono persa y celebra las victorias y la pacificación conseguida finalmente por el rey, tal como él mismo ordenó registrarlas y grabarlas en septiembre del año 520 a.C.

El texto fue transcrito a partir del año 1837 por Henry Creswicke Rawlinson con enormes dificultades dada su ubicación.

Texto de, Pilar Rivero-Julián Pelegrín desde la Web Cervantes Virtual.

Debajo tenemos la montaña Behistun en visión panorámica. A  50 metros de la base, se hallan las inscripciones que mandó realizar Darío I.

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¿Qué cuenta la inscripción de Behistun?

Yo Soy Darío, el Gran Rey

Yo soy Darío, el Gran Rey, Rey de Reyes, Rey de Persia, Rey de los países, hijo de Vishtaspa, nieto de Arshama, un Aqueménida.

Habla Darío el Rey: mi padre era Histaspes (Vishtaspa); el padre de Histaspes fue Arsames (Arshama), el padre de Arsames fue Ariaramnes (Ariyaramna), el padre de Ariaramnes fue Teíspes (Cispis), el padre de Teíspes fue Aquémenes (Haxamanais).

Habla Darío el Rey: por esta razón somos llamados Aqueménidas. Desde hace mucho tiempo hemos sido nobles. Desde hace mucho tiempo nuestra familia ha ostentado la realeza. Habla Darío el Rey: ocho de nuestra familia fueron reyes con anterioridad. Yo soy el noveno. Nueve reyes hemos gobernado sucesivamente.

Habla Darío el Rey: por voluntad de Ahuramazda soy rey. Ahuramazda me entregó la realeza.

Habla Darío el Rey: estas son las regiones que se sometieron a mí. Yo me convertí en su rey por voluntad de Ahuramazda: Persia, Elam, Babilonia, Asiria, Arabia, Egipto, las que están junto al mar, Sardes, Jonia, Media, Urartu, Capadocia, Partia, Drangiana, Aria, Jorasmia, Bactriana, Sogdiana, Gandhara, Escitia, Sattagidia, Aracosia, Maka, un total de veintitrés regiones.

Habla Darío el Rey: éstas son las regiones que se sometieron a mí. Por voluntad de Ahuramazda se convirtieron en mis dominios. Me entregan un tributo. Lo que ordeno para ellas, de noche o de día, lo hacen.

Habla Darío el Rey: en estas regiones al hombre que era leal lo apoyé: a quienquiera que fuese malvado lo castigué. Por voluntad de Ahuramazda estos países respetan mis leyes. Lo que ordeno para ellas, lo hacen.

Habla Darío el Rey: Ahuramazda me entregó la realeza. Ahuramazda me ayudó y así pude sostener la realeza. Por voluntad de Ahuramanzda yo ostento la realeza.

Habla Darío el Rey: esto es lo que hice, por voluntad de Ahuramazda, tras convertirme en rey. Un cierto Cambises, hijo de Ciro, Rey de Persia, Rey de las Tierras, de nuestra familia, reinó aquí. Este Cambises tenía un hermano llamado Bardiya, de la misma madre y del mismo padre. Entonces Cambises asesinó a este Bardiya. Después de que Cambises asesinase a Bardiya, el pueblo no supo que Bardiya había sido asesinado. Este Cambises marchó a Egipto con un ejército. Cuando Cambises llegó a Egipto el pueblo se dio a la maldad. Después las mentiras crecieron grandemente sobre la tierra en Persia, Media y otras regiones.

Habla Darío el Rey:

Entonces hubo un hombre, un Mago, un medo, de nombre Gaumata. Procedía de Paishiyauvada, de una montaña llamada Arakadri, cartorce días del mes Viyakna habían pasado cuando se levantó. Mintió al pueblo del siguiente modo: “Yo soy Bardiya, hjijo de Ciro, hermano menor de Cambises”. Después todas los pueblos se rebelaron contra Cambises y se volvieron contra él, Persia, Media, Babilonia, Elam y otras regiones. Se hizo con la realeza; habían pasado nueve días del mes de Garmapada cuando se hizo con la realeza. Entonces Cambises murió por su propia mano.

Habla Darío el Rey:

La realeza que este Gaumata arrebató a Cambises, esta realeza había pertenecido a nuestra familia desde hacía mucho tiempo. Entonces Gaumata el Mago arrebató la realeza a Cambises. Hizo suyas Persia, Media, Babilonia y otras regiones. Se convirtió en rey.

Habla Darío el Rey:

No hubo hombre, ni persa, ni medo, ni babilonio ni cualquier otro, ni ninguno de nuestra familia, que pudiera arrebatar la realeza a Gaumata el Mago. El pueblo le temía enormemente, de modo que él podría matar en gran número a quienes con anterioridad habían conocido a Bardiya. Por esta razón quiso matar a la gente, “no fuese que ellos me conociesen, que yo no soy Bardiya, hijo de Ciro”. Nadie osó decir nada sobre Gaumata el Mago hasta que llegué yo. Entonces yo rogué a Ahuramazda: Ahuramazda me proporcionó ayuda. Pasaron diez días del mes de Bagayadi; entonces, con unos pocos hombres nobles yo maté a ese Gautama el Mago. En una fortaleza denominada Sikayauvati, en el distrito de nombre Nisaya, en Media, allí lo maté. Le arrebaté la realeza. Por voluntad de Ahuramazda me convertí en rey. Ahuramazda me entregó la realeza.

Habla Darío el Rey:

Restauré la realeza que él arrebató a nuestra familia y la devolví a su anterior ubicación. Restauré como antes los templos de los dioses que Gaumata el Mago había destruido. Devolví al pueblo los bienes, los rebaños, los sirvientes y las haciendas que Gaumata el Mago les había arrebatado. Devolví al populacho a su lugar. Restablecí la situación anterior en Persia, Media y otras regiones que habían sido arrebatadas. Lo hice por voluntad de Ahuramazda. Me esforcé hasta que devolví a nuestra casa real su anterior posición. Me esforcé por voluntad de Ahuramazda, de manera que Gaumata el Mago no se apoderase de nuestra casa real.

Habla Darío el Rey:

Esto es lo que hice tras convertirme en rey (…)
(sigue el relato pormenorizado de las sucesivas victorias de Darío sobre los rebeldes hasta alcanzar la pacificación definitiva de los dominios persas)

Habla Darío el Rey:

Esto es lo que hice. Por voluntad de Ahuramazda lo hice en un año. Tú que en el futuro leas esta inscripción, deja que lo que afirmo te convenza. No lo consideres una mentira.

Habla Darío el Rey:

Juro por Ahuramazda que esto de lo que he hablado es cierto y no falso (…)

Habla Darío el Rey:

Por voluntad de Ahuramazda, muchos más hechos llevé a cabo que no han sido recogidos en esta inscripción. No figuran por esta razón, no sea que a quienes en el futuro lean la inscripción de mis hechos éstos les parezcan excesivos, no les convenzan y los juzguen falsos (…)

Habla Darío el Rey:

Éstos son los hombres que estaban conmigo cuando maté a Gaumata el Mago que se llamaba a sí mismo Bardiya. En esa época estos hombres cooperaron como seguidores míos: Vindafarna, hijo de Vayaspara, un persa; Utana, hijo de Thukhra, un persa; Gaubaruva, hijo de Marduniya, un persa; Vidarna, hijo de Bagabigna, un persa; Bagabukhsha, hijo de Datuvahya, un persa; Ardimanish (?), hijo de Vahauka, un persa.

Habla Darío el Rey:

Tú que serás rey en adelante, protege bien a estos hombres y a los descendientes de estos hombres.

Habla Darío el Rey:

Ésta es la inscripción que yo he hecho por voluntad de Ahuramazda. Además figura en ario y ha sido redactada en tablillas de arcilla y en pergamino. Además hice una figura esculpida de mí mismo. Además hice figurar mi linaje. Y fue inscrita y leída ante mí. Después envié este texto a todos los lugares entre las regiones (…)

Traducción propia a partir de la versión inglesa publicada en Richard Nelson Frye, The History of Ancient Iran, Beck, Munich, 1984, pp. 363-368.

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Darío I Rey de Persia, proclamado Faraón


El Debate Constitucional

Heródoto narra el debate que, tras ser derrotado el mago usurpador (521 a.C.), habría tenido lugar entre Darío y dos de sus colaboradores en la consecución de la victoria, Otanes y Megabizo, acerca de la mejor forma de gobierno que debe ser establecido sobre Persia.


Una vez apaciguado el tumulto, y al cabo de cinco días, los que se habían sublevado contra los magos mantuvieron un cambio de impresiones acerca de todo lo ocurrido, y se pronunciaron unos discursos que para ciertos griegos resultan increíbles, pero que realmente se pronunciaron.

Otanes solicitaba, en los siguientes términos, que la dirección del Estado se pusiera en manos de todos los persas conjuntamente:

«Soy partidario de que un solo hombre no llegue a contar en lo sucesivo con un poder absoluto sobre nosotros, pues ello ni es grato ni correcto. Habéis visto a qué extremo llegó el desenfreno de Cambises y habéis sido partícipes de la insolencia del mago. De hecho, ¿cómo podría ser algo acertado la monarquía, cuando, sin tener que rendir cuentas, le está permitido hacer lo que quiere?

Es más, si accediera a ese poder, hasta lograría desviar de sus habituales principios al mejor hombre del mundo, ya que, debido a la prosperidad de que goza, en su corazón cobra aliento la soberbia; y la envidia es connatural al hombre desde su origen. Con estos dos defectos, el monarca tiene toda suerte de lacras; en efecto, ahíto como está de todo, comete numerosos e insensatos desafueros, unos por soberbia y otros por envidia.

Y voy a decir ahora lo más grave: altera las costumbres ancestrales, fuerza a las mujeres y mata a la gente sin someterla a juicio. En cambio, el gobierno del pueblo, tiene, de entrada, el nombre más hermoso del mundo: ‘isonomía’; y, por otra parte, no incurre en ninguno de los desafueros que comete el monarca: las magistraturas se desempeñan por sorteo, cada uno rinde cuentas de su cargo y todas las deliberaciones se someten a la comunidad.

Por consiguiente, soy de la opinión de que por nuestra parte, renunciemos a la monarquía exaltando al pueblo al poder, pues en la colectividad reside todo».

Esta fue, en suma, la tesis que propuso Otanes.

En cambio, Megabizo solicitó que se confiara el poder a una oligarquía en los siguientes términos:

«Hago mías las palabras de Otanes sobre abolir la tiranía; ahora bien, sus pretensiones de conceder el poder al pueblo no han dado con la solución más idónea, pues no hay nada más necio e insolente que una muchedumbre inepta.

Y a fe que es del todo punto intolerable que, quienes han escapado a la insolencia de un tirano, vayan a caer en la insolencia de un vulgo desenfrenado. Pues mientras que aquél, si hace algo, lo hace con conocimiento de causa, el vulgo ni siquiera posee capacidad de comprensión.

En efecto, ¿cómo podría comprender las cosas quien no ha recibido instrucción, quien, de suyo, no ha visto nada bueno y quien, análogamente a un río torrencial, desbarata sin sentido las empresas que acomete?

Por lo tanto, elijamos a un grupo de personas de la mayor valía y otorguémosles el poder; pues, sin lugar a dudas, entre ellos también nos contaremos nosotros y, además, cabe suponer que de las personas de más valía partan las más valiosas decisiones».

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Esta fue, en suma, la tesis que propuso Megabizo.

En tercer lugar fue Darío quien expuso su opinión en los siguientes términos:

«A mi juicio, lo que ha dicho Megabizo con respecto al régimen popular responde a la realidad; pero no así lo concerniente a la oligarquía. Pues de los tres regímenes sujetos a debate, y suponiendo que cada uno de ellos fuera el mejor en su género (es decir, que se tratara de la mejor democracia, de la mejor oligarquía y del mejor monarca), afirmo que este último régimen es netamente superior.

En efecto, evidentemente no habría nada mejor que un gobernante único, si se trata del hombre de más valía; pues, con semejantes dotes, sabría regir impecablemente al pueblo y se mantendrían en el mayor de los secretos las decisiones relativas a los enemigos.

En una oligarquía, en cambio, al ser muchos los que empeñan su valía al servicio de la comunidad, suelen suscitarse profundas enemistades personales, pues, como cada uno quiere ser por su cuenta el jefe e imponer sus opiniones, llegan a odiarse sumamente unos a otros; de los odios surgen disensiones, de las disensiones asesinatos, y de los asesinatos se viene a parar a la monarquía; y en ello queda bien patente hasta qué punto es éste el mejor régimen.

Por el contrario, cuando es el pueblo quien gobierna, no hay medio de evitar que brote el libertinaje; pues bien, cuando en el Estado brota el libertinaje, entre los malvados no surgen odios, sino profundas amistades, pues los que lesionan los intereses del Estado actúan en mutuo contubernio. Y en este estado de cosas se mantiene así hasta que alguien se erige en defensor del pueblo y pone fin a semejantes manejos.

En razón de ello, ese individuo, como es natural, es admirado por el pueblo; y, en virtud de la admiración que despierta, suele ser proclamado monarca; por lo que, en este asunto, su caso también demuestra que la monarquía es lo mejor.

Y, en resumen, ¿cómo obtuvimos la libertad? ¿Quién nos la dio? ¿Acaso fue un régimen democrático? ¿Una oligarquía, quizá? ¿O bien fue un monarca? En definitiva, como nosotros conseguimos la libertad gracias a un solo hombre, soy de la opinión de que mantengamos dicho régimen e, independientemente de ello, que, dado su acierto, no deroguemos las normas de nuestros antepasados; pues no redundaría en nuestro provecho».

Estas fueron, en suma, las tres tesis que se propusieron; y a esta última se adhirieron los otros cuatro miembros del grupo.

Heródoto, Historia, III 80-83, traducción de Carlos Schrader, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1979.


Listado de los Reyes del Imperio Persa-Medo-Babilónico

(de Ciro II a Darío III)

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Fuente de la información: Cervantes Virtual

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